
Cuando murió la escritora inglesa Vita Sackville West en 1962, su hijo y albacea literario, Nigel Nicolson, encontró páginas autobiográficas que revelaban un episodio crucial en la relación de sus padres, y en 1973 publicó “Retrato de un Matrimonio”,* libro integrado por esas páginas y por tres capítulos que las contextualizaban y ponían en perspectiva, escritos por el propio Nigel.

Vita Sackville West, aristocrática y escritora, y Harold Nicolson, escritor y diplomático, se habían casado en 1913, cuando ella tenía 21 años de edad y él 27. Vita, que en vísperas del enlace sostenía un romance con su amiga Rosamund, se sintió atraída por la bondad y la inteligencia de Harold, en quien adivinó a un compañero de vida. “Algunos hombres parecen haber nacido para amantes –escribió en su diario-, otros para maridos; Harold pertence a esta categoría.” Los primeros años de casados, con separaciones obligadas por el trabajo de Harold en el Foreign Office, mitigaron el fogoso temperamento de Vita, quien concibió dos hijos, Nigel y Ben. La plácida vida de la pareja sufrió un vuelco en 1918, cuando Vita y Violet Keppel, su amiga desde la infancia, comenzaron un idilio que se prolongó del verano de 1918 al verano de 1921. En ese lapso, Vita, transmutada en Julien, paseó con Violet por París, Mónaco y otras ciudades europeas, en ocasiones por meses, y Violet, que anticipaba o reproducía los episodios amorosos inventados por Vita, fantaseó con una existencia libre de convencionalismos: “¿Qué relación hay entre nosotros y la vida vulgar, pedestre y sórdida de hoy?”, le pregunta Violet a Vita en una carta, y añade: “El cielo me proteja de la pequeñez, de la pasividad y de la suavidad. Dadme grandes vicios resplandecientes y resplandecientes virtudes, pero preservadme de las pequeñas ambigüedades neutrales.”

Entre escapada y escapada Vita y Harold intentaban esclarecer la situación prodigándose mutuamente comprensión y cariño. Harold entendió que Vita poseía un imperioso lado masculino que la incitaba a las arrebatos románticos (“No eres una persona con la cual valgan la ley, el orden, el deber, ni ninguna de las convenciones de la vida”), y Vita subrayó la diferencia entre los sentimientos pasajeros y los perdurables (“te amo con un amor tan profundo que no puede ser afectado por otro amor más tempestuoso y que se mueve a otro nivel”).

Cuando retornaron a la vida de pareja, su actividad sexual, que nunca había sido apasionada, se fue desvaneciendo, y los dos comenzaron a buscar placer en personas de su propio sexo, él con discresión, y ella con exuberancia. Harold era tolerante con los “instintos gitanos” de su mujer, y le reconocía el derecho a escapar de la “broma matrimonial”. Para ambos era un placer desmenuzar juntos las resonancias emocionales de sus amoríos. Según Nigel, la confianza que en en los matrimonios convencionales reposa en la fidelidad (o en su simulación), en el caso de sus padres se fortalecía con la revelación de sus conquistas, que no podían considerarse infidelidades pues uno le concedía al otro plena libertad. Vita y Harold entendían la diferencia entre el enamoramiento que consiente el deseo y el amor que sustenta y equilibra la existencia.
Vita sostuvo romances con muchas mujeres atractivas e inteligentes, incluida su cuñada Gwen St Aubyn, y un idilio maduro y profundo con Virginia Woolf. Se conocieron en 1922, en casa del pintor Clive Bell. A Vita le halagó el interés de un ser exquisito y de gran intelecto, y Virginia se sintió prendada por el encanto y la elegancia de Vita. Sexualmente tenue, el amor entre ellas se nutrió de la conversación inteligente y sensitiva emanada de dos personalidades excepcionales, un juego no exento de riesgos en el que cada una buscaba en la otra aquello de lo que carecía: la suprema distinción de Vita, la penetrante sabiduría de Virginia. Vita, que adoraba Knole, el castillo de su familia y el escenario primordial de su niñez y juventud, había escrito “Knole and the Sackviles”, la saga de sus antepasados. “Orlando”, la novela de Virginia que cuenta la historia de un hombre que misteriosamente se transforma en mujer y vive del siglo XVI al XX, se inspiró en Knole y en Vita, y fue, como escribió Nigel Nicolson, la más extensa y encantadora carta de amor de la literatura.
Virginia tenía en Leonard, su marido, a su propio Harold, salvo que Leonard no era homosexual. “Sus matrimonios, escribe Nigel, se parecían en la libertad que se concedían el uno al otro, en la solidez de su amor, en sus fundamentos espirituales, intelectuales, no físicos, en los deseos de los cuatro de saborear la vida, desafiar los convencionalismos, trabajar mucho, jugar peligrosamente con las emociones, y en la solicitud que se demostraban mutuamente.”

Vita y Harold, que vivieron juntos 49 años, eran escritores disciplinados** y apreciaban la quietud de su casa de Sissinghurst, rodeada de un precioso jardín cultivado por ambos con devoción. Ese jardín, a juicio de Nigel bien podría simbolizar la disposición, a un tiempo clásica y romántica, de su larga vida en común. Durante una charla sostenida en 1929 ante los micrófonos de la BBC, coincidieron en que el matrimonio “era el mayor de los logros humanos” si estaba fundado en el amor, la comunidad de valores, el buen humor, la estimación mutua, y no en la piedad o los instintos protectores; por tanto, el matrimonio estaba reservado a seres de personalidad fuerte y mentalidad independiente capaces de integrar “una asociación perpetua de amigos íntimos”.
Harold Nicolson murió ocho años después que Vita, sin recuperarse nunca de su pérdida.
* Nicolson, Nigel, “Retrato de un matrimonio”, Grijalbo, México, 1989.
** Harold escribió cuarenta libros de crítica literaria, historia y política, así como un diario considerado indispensable para entender el periodo de entreguerras; Vita, cinco poemarios, ocho novelas y otras obras.
1 comentarios:
Puede que me equivoque, pero no creo que haya vuelto a existir un grupo tan interesante de matrimonios como los que había en el grupo de Bloomsbury.
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