sábado 21 de noviembre de 2009

AMISTADES



Las amistades juveniles nacen entre personas que han vivido experiencias semejantes, comparten ideas y mitos entrañables, exploran recíprocamente sus opiniones, los amplifican, los acotan. La amistad como reflejo indispensable.

Las amigas expresan con naturalidad no sólo sus emociones, sino las emociones que nuestra amistad les inspira.

Ciertos amigos infunden un talante liberador parecido al que disfrutamos en un buen paseo.

Uno de los amigos más apreciados: el que prolonga el intercambio infantil de insolencias verbales, sobrenombres ingeniosos, bromas renovadas.

A cierta edad, precisamente cuando hemos comenzado a valorar las sutilezas de las relaciones interpersonales, es difícil hacer nuevas amistades; lo que se ha ganado en cortesía y comprensión, se ha perdido en ímpetu y curiosidad.

Algunos confunden al amigo con el confesor o el psicoanalista.

La pasión amorosa es excluyente; la amistad es abierta.

Hay amores inconfesados redimidos por la amistad.

El amor madura en una amistad tierna y constante.

La familia es inexorable e instintiva, la amistad, voluntaria y cultural.

La amistad impone protocolos no exentos de artificio que pueden progresar hasta volverse sentimientos bienhechores: el tacto ante los desafueros, la atención a la confidencia, el respaldo en la adversidad.

Es lícito y saludable discrepar de los amigos, en especial de los más antiguos, si subsiste el esfuerzo por entenderlos.

Entender a un amigo es entender cómo funciona su cabeza y hacia dónde tira su corazón.

sábado 7 de noviembre de 2009

PASEOS: ROMA, VERONA



11 de octubre
Después de recoger a Niv en el aeropuerto Da Vinci entramos a Roma y damos con el departamento donde pasaremos los próximos días. Está en una callejuela cercana a la avenida Corso Vittorio Emanuele, más o menos cerca de todo lo que nos interesa ver. En la tarde, nítida y soleada, paseamos por la Roma barroca: la alegre Plaza Navona, el templo de Sant’Agnese in Agone, Il Gesù, la primera iglesia jesuítica de Roma, cuya hipnótica ornamentación combina bajorrelieves con frescos de aspecto tridimensional, y la fuente de Trevi, rebosante de turistas y donde me cuesta imaginar a la exuberante Anita Ekberg entrando al agua.



El Panteón, antigua morada de los dioses paganos que tal vez conservó su integridad al convertirse en templo cristiano, representa la simbiosis entre la Roma Imperial y la iglesia católica. Nucleada en el Vaticano, la Iglesia Católica está presente en todos los rincones de Roma.

La construcción del monumento consagrado a Vittorio Emanuele, rey de la Italia unificada, una colosal estructura de 135 metros de ancho y 70 de altura (la cuadriga de la cúspide alcanza los 81 metros), estuvo precedido por un acto de barbarie, la destrucción del barrio medieval que se encontraba en la Colina Capitolina. Inaugurado en 1926, cuando Italia ya estaba subyugada por Mussolini, simboliza la desmesura fascista.

Algunos edificios del centro de Roma son semejantes a un palimpsesto, conservan estratos de épocas distantes entre sí; la mayoría, sin embargo, son de los siglos XVIII y XIX, de cinco o seis pisos, y coexisten armoniosamente con las ruinas romanas y los templos y palacios renacentistas, barrocos y neoclásicos.



12 de octubre
Gracias a la previsión de Eva, que compró los boletos por Internet, nos ahorramos la kilométrica fila que aguarda afuera de los Museos Vaticanos. Pero en cuanto nos sumamos a la muchedumbre del vestíbulo, nos hacemos cargo de que el recorrido será penoso. Si la “puerta estrecha” es una metáfora de la adopción rigurosa de la fe cristiana, una de sus materializaciones son los Museos Vaticanos. Llega a ser un calvario cruzar por salones repletos de gente e ir de uno a otro a través de escaleras o puertas estrechas que funcionan como embudos.

Para ver todas las colecciones de los Museos Vaticanos es necesario caminar unos siete kilómetros y tener la paciencia de Job. Eva, Niv, Martha y yo optamos por un compromiso entre el recorrido breve y el completo, de manera que echamos un ojo en las salas egipcia y etrusca, varias galerías, las Estancias de Rafael –en una de las cuales se encuentra la Escuela de Atenas-, la singular colección de arte religioso moderno que reúne a pintores creyentes y ateos como Chagall, Kandinski, Klee, Dalí, Siqueiros y Orozco, y por fin, la Capilla Sixtina, cuya apreciación exigiría horas, días. El día seminublado y la ausencia de iluminación no facilitan la visión de los frescos; de pronto sale el sol y por unos instantes puedo contemplar el juicio final. Este será el momento que retendré de los Museos Vaticanos, cuyas grandes obras se mezclan tumultuosamente con otras, menos interesantes, en palacios renacentistas que impiden una museografía funcional. Llegamos a la Basílica de San Pedro atravesando un pasaje con tumbas de papas. Hemos dejado atrás la muchedumbre, y contemplamos sin prisa ni agobio el baldaquino de Salomón.



En la tarde visitamos el Foro. Del antiguo centro administrativo, comercial y religioso del Imperio sólo quedan un recinto completo, y los restos de varios templos, basílicas y casas. El conjunto, sin embargo, es sugestivo, como si los arcos y columnas fueran las sílabas postreras de un himno. De pronto el cielo se oscurece, el viento sopla y comienza a llover. Junto con otros visitantes nos refugiamos en el templo de las vestales, de donde salimos media hora después, bajo la lluvia, en busca de un taxi.



13 de octubre
Hoy, mientras Niv dicta una charla en la universidad de Roma, Martha, Eva y yo exploramos la ribera del Tíber. Pasamos frente al Castelo de San Ángelo, antigua villa del emperador Adriano. De la Piazza del Popolo ascendemos a una colina desde la que contemplamos la ciudad salpicada de cúpulas. Bajamos por la Plaza de España y paseamos por la vía Conte, cuyos aparadores exhiben trapos elegantes y accesorios de prestigio inexplicable como las bolsas Luis Vuitton. Los peatones se las arreglan para circular con autoridad en las calles angostas colmadas de coches y motonetas.



En la tarde visitamos el Coliseo. En el sitio que originalmente ocupaba la arena pueden verse los subterráneos de los que emergían gladiadores y animales. El exterior del gran anfiteatro es como una pantalla que indica el momento del día; hacia las seis de la tarde se ha vuelto rojiza y en sus columnas destellan esplendores remotos. De regreso al departamento pasamos por el Circo Máximo, donde se efectuaban las carreras de cuadrigas y que hoy parece un enorme túmulo verde.





14 de octubre
De rergreso a Venecia nos detenemos en Verona. Eva nos toma una foto en el anfiteatro Arena, encontamos a Dante Alighieri meditando solitario en una plaza y llegamos a la casa habitada por una familia Capello donde hoy puede verse una estatua de bronce de la amante shakespearana más famosa de la historia, una imposición mitológica que place a los turistas. Luego leeré en El País Semanal un reportaje sobre la intolerancia de las autoridades de Verona, que han limpiado sus calles de homosexuales y gitanos.



sábado 31 de octubre de 2009

PASEOS: NÁPOLES, POMPEYA

9 de octubre
El día está nublado cuando salimos en auto del aeropuerto Marco Polo, comienza a despejarse mientras remontamos la cordillera de los Apeninos y se aclara al mediodía, en la Toscana, un lomerío feraz salpicado de villas y caseríos, un paisaje de civilizada belleza. Me traslado mentalmente a los pueblos que se asoman en los cerros y los acantilados, y encuentro el set de Amarcord. En los Apeninos Martha y yo hemos evocado “Corazón, diario de un niño”, el libro de Edmundo de Amicis que nos conmovió en la escuela primaria. Mi primer acercamiento a Italia proviene de relatos sentimentales como “De los Apeninos a los Andes” y “El pequeño escribiente florentino”.

El tráfico, siempre intenso, se agudiza en la Campania. Un cretino rebasa a Eva por la derecha a 180 kilómetros por hora, ¡y con un teléfono celular en la mano izquierda! Llegamos de noche a nuestro destino. Después de siete horas de carretera hemos brincado del primer mundo al tercero. Las calles oscuras, sucias y cacarizas de Nápoles recuerdan las de Iztapalapa. Siguiendo las instrucciones de Pepa, como Eva bautizó la voz española del GPS, nos metemos en calles llenas de basura. En una de ellas está nuestro hotel.

El Trianón, restaurante que figura en la guía de Eva y se jacta de elaborar las mejores pizzas del mundo, rebosa de napolitanos cuya vivacidad nos reconforta. El vino y la comida terminan por ponernos de buen humor. Mientras Eva hace gestos de delite, Martha, pronuncia una frase inspirada: “Nápoles bien vale una pizza”. No trepido en afirmar que las pizzas del Trianón son, como proclama su fachada, las mejores del mundo, y en todo caso, las mejores que he probado jamás.

El cuarto del hotel es confortable pero el aire acondicionado no funciona. En cuanto Eva y Martha se duermen abro las ventanas, y entra el furor nocturno de Nápoles…

10 de octubre
Nos despierta el ruido de un tianguis cuyas ramificaciones alcanzan la calle del hotel. Nuestro coche, que sigue donde lo dejamos, está bloqueado por otros, pero no lo necesitamos. Tomamos el tren de cercanías a Pompeya. Durante la media hora de trayecto confirmo la fealdad uniforme e irreparable de Nápoles. Descuidados edificios multifamiliares se amontonan en las colinas ocultando la llanura costera, los monótonos signos de los grafiteros tapizan muros y fachadas, estaciones y coches de ferrocarril.



Pompeya es más antigua de lo que yo suponía. La pequeña guía obsequiada con el boleto informa que nació a fines del siglo VII a. C. La población autóctona sufrió invasiones de etruscos, griegos y samnitas antes de ser conquistada por Roma en 89 a.C. El río de cenizas y lava que la sepultó en 79 d.C. borró su recuerdo hasta el siglo XVI, cuando fue redescubierta, aunque las exploraciones comenzaron apenas en 1748. Gracias al trabajo de varias generaciones de arqueólogos hoy podemos pasear por baños privados y públicos, murallas y columnas, templos y santuarios, foros y edificios administrativos, villas y casas, jardines y huertos, panaderías y fondas, gimnasios, lupanares, anfiteatros y necrópolis. Observo unos ojos femeninos en los restos de un mosaico, una grácil estatua de Apolo, la luminosidad acogedora del portal de una villa, y percibo esa sensación de familiaridad que reservamos a nuestros antepasados.







Puesto que es muy grande, Pompeya puede explorarse con detenimiento, los turistas, incluidos los incombustibles batallones de la tercera edad, sólo se algomeran en un par de sitios –uno es el lupanar, con pequeñas camas de piedras que sugieren la baja estatura de los pompeyanos. El cielo, que ha permanecido nublado toda la mañana, se despeja parcialmente y nos deja contemplar el contorno gris del Vesubio.





El complemento perfecto de Pompeya es el Museo Arqueológico Nacional localizado en el centro de Nápoles, que guarda los mosaicos, pinturas y esculturas rescatadas en Pompeya, Herculano y otros yacimientos, y varias colecciones de escultura griega y romana, la más importante de las cuales es la Farnesio, que Carlos de Borbón, rey de Nápoles, quien financió la primera exploracion arqueológica de Pompeya, heredó de su madre Isabel de Farnesio. Encuentro estatuas de viejos conocidos, míticos como Afrodita, o históricos como Julio César, Augusto, Claudio, Adriano y Marco Aurelio. Antinoo, el amante de Adriano que falleció joven y fue divinizado, aparece representado como Dioniso y Apolo. En la sección griega hay bustos de Demóstenes, Demócrito, Sócates y Herodoto.





Me conmueven los mosaicos y pinturas de Pompeya. Retratos y escenas de la vida cotidiana en los que se filtran con naturalidad seres fabulosos como ese centauro que besa la mano de una dama. En un cuadro de grandes dimensiones, la batalla entre Darío y Alejandro Magno, aparece la representación canónica del macedonio. Las piezas eróticas de los lupanares de Pompeya permanecieron ocultas en un gabinete secreto durante siglos, reservadas para la fruición de los aristócratas napolitanos, que inventaron la pornografía al convertir en transgresión lo que antes era permitido.* La sala continúa llamándose así, gabinete secreto; entre las escenas de cópulas y las estatuillas de enanos con falos enormes aparece una rara meretriz hindú.



Al atardecer visitamos la catedral de Nápoles, encerrada entre edificios, donde reposan los restos de San Genaro, obispo de la ciudad. El altar es una espectacular combinación de bajorrelieves y pinturas. Paseamos por el centro, lleno de vida y no exento de peligros. En un callejón un jovenzuelo arranca su auto a gran velocidad, y no atropella a nadie porque San Gennaro es grande.


*Leo la sugerente idea de regreso en México en el artículo “Lágrimas de Eros”, de Andrés Barba (El País, 28/10/09).

domingo 25 de octubre de 2009

PASEOS: MÚNICH, VENECIA

4 de octubre
En la madrugada, un anciano que visita Roma por primera vez abandona su cuarto de hotel, camina varias calles y llega a una plazoleta; el inspector Kurt Wallander, que lo ha seguido furtivamente, se pregunta qué busca su padre en aquel rincón de la noche romana. Tal vez, conjeturo yo sin apartar los ojos de la página, el anciano quiere dar forma a un recuerdo estrictamente individual de la ciudad soñada y por fin conocida. Yo también deseo conocer Roma desde hace muchos años, y me alegra entreverla de modo inesperado en “La quinta mujer”, la absorbente novela policiaca del escritor sueco Henning Mankell que alivia mi insomnio durante el vuelo por el Atlántico.



Después de una escala de dos horas en Amsterdam, llegamos a Múnich al atardecer, y una vez que dejamos el equipaje en el departamento, vamos con Eva al Oktoberfest, la feria que hoy se clausura. Los espectaculares juegos mecánicos inundan de luz una plaza en la que circula un gentío; muchos muniqueses llevan atuendos bávaros tradicionales. Imagino con un escalofrío una fiesta mexicana en la que un gran número de deefeños se vistieran de charros y adelitas. Después de buscar un rato, encontramos lugar en la terraza de uno de los salones, donde consumimos lo mismo que todos: grandes tarros de cerveza, salchichas y pollo. Eva nos cuenta que la diversión comienza temprano pero concluye con prudencia a las diez. En busca del WC me abro paso entre la muchedumbre; hombres y mujeres, la mayoría jóvenes, entonan y bailan las melodías pop interpretadas con enjundia por la orquesta, chocan una y otra vez sus tarros, gritan, ríen, se abrazan y prorrumpen en estribillos deportivos cuando termina la melodía, se respira un entusiasmo casi feroz. En una sociedad donde los contactos físicos son reducidos, fiestas como el Oktoberfest desatan las efusividad general, y episodios de violencia aislados. Cuando sobreviene uno en una terraza cercana a la nuestra, una decena de guardias uniformados de negro se desprenden de la oscuridad y someten y expulsan al transgresor en segundos. Al regreso Eva nos detiene frente a un divertido juego mecánico: una banda inclinada que sube velozmente es montada por jovenes empapados de cerveza que después de dos segundos se desploman como pinos de boliche sin sufrir otro daño que la irrisión.



5 de octubre
El otoño recorre el Englischer Garten de Múnich. Cuando lo conocimos en el invierno de 2007 los árboles estaban desnudos; ahora vemos a tres nudistas, dos hombres y una mujer, echados en uno de los prados que circunda el follaje verde salpicado de tonos amarillos y rojizos. El día es soleado y fresco, el suelo está alfombrado de hojas, Martha y yo nos sentimos contagiados por la alacridad de la gente que circula por los senderos de tierra apisonada, a pie o en bicicleta, juega futbol en los prados, contempla el lago. Sucede aquí lo mismo que en otros parques, pero la amplitud y disposición del Englischer Garten imparten una sensación de intimidad con la naturaleza que intensifica el placer de los visitantes. Un perro se lanza a las aguas de un canal, nada contra la corriente, recoge con el hocico una pelota desinflada, sale, se sacude y la entrega a su ama, que lo aguarda recargada en una bicicleta y arroja la pelota de nuevo.



6 de octubre
Eva, Acely, Laura, Martha y yo visitamos el palacio de Nymphenburg. Edificado en las cercanías de Múnich, comenzó a construirse en 1664, poco después que el palacio de Versalles; en 1701 lo amplió el duque de Baviera, Maximiliano Manuel, y años después su hijo Carlos le añadió varios pabellones en los alrededores. Mientras Acely y Laura recorren las habitaciones del palacio, nosotros descubrimos que está cerrado el parque botánico en cuyo exterior hay un maguey de “Méxiko”. Durante una hora exploramos el extenso y lujoso parque cortado en dos por un canal que comunica el palacio con una fuente de mármol dominada por el inexorable Neptuno. Luego, los cinco nos divertimos mucho especulando con los usos de los extravagantes pabellones diseminados en el parque: el Pagodenburg, con motivos orientales, propicio para la intriga diplomática instantánea; el Badenburg, barroco y con un gran baño en el que podían ahogarse los amores peligrosos; el Magdalenenklause, de estilo “ruinoso” y con una sala interior que semeja una gruta, ideal para los arrebatos místicos, y en fin, el Amalienburg, cuya notable decoración rococó en azul y plata enfriaba las pasiones sin extinguirlas. Martha y yo conocemos a Acely desde que era condiscípula de Eva en la preparatoria del Colegio Madrid, y nos alegra verla convertida en una mujer inteligente, sensible y con gran sentido del humor. Comemos con ella y su prima Laura en un restaurante vegetariano.

7 de octubre
Debido a la niebla, el pequeño avión que tomamos en Múnich a las 6.50 de la mañana da vueltas durante media hora antes de aterrizar en el aeropuerto Marco Polo; allí tomamos el vaporetto, que navega envuelto por la bruma. El autobús acuático se detiene en Murano, donde se fabrica el cristal del mismo nombre, en El Lido, donde Gustav von Aschenbach, interpretado por Dirk Bogarde, se enamoró de Tadzio, y por fin, en Venecia. El hotel que consiguió Eva gracias a los buenos oficios de Sara, una amiga veneciana, está frente a la Laguna y a unos pasos del Palacio Ducal. La recargada decoración de nuestra habitación –la pantalla de la televisión está en un marco dorado-, se compensa con la vista de su terraza. Después de tomar un bocadillo caminamos en dirección opuesta a la muchedumbre que colma la ribera de los Esclavonios, la ancha calle que bordea la laguna; quince minutos después nos hemos internado en un dédalo de callejones, plazoletas, puentes y canales con pocos turistas. Las paredes de muchos edificios exhiben los estragos del clima y del tiempo, pero cada rincón posee un rasgo que lo individualiza, una estatua, un mascarón, una fuente, un templo, un palacete –entramos a uno que exhibe instrumentos musicales de la época de Vivaldi, hijo ilustre de la ciudad. Reparo en una de las muchas razones que hacen de Venecia una ciudad impar: el sosiego. Las calles y avenidas de agua le ahorran a sus habitantes el estruendo de las urbes; sólo en las inmediaciones de la Laguna o del Gran Canal se oyen los motores de las embarcaciones, nunca estridentes pues navegan a baja velocidad. Cerca de la plaza Garibaldi topamos con instalaciones de la Bienal de Venecia, pero su oferta, aleatoria por naturaleza, no despierta nuestra curiosidad.





Por los ventanales góticos del Palacio Ducal han pasado siglos de historia política, diplomática y militar. Sede del gobierno veneciano desde el siglo XIII, se engalana con estatuas de Antonio Canova, pinturas de Tintoretto y obras de muchos otros artistas, principalmente del Renacimiento. Las esculturas, los gobelinos, los grandes cuadros que plasman batallas y actos solemnes, los frescos de muros y techos, relatan una epopeya republicana cuyo complejo equilibrio de poderes comprendía al Dogo o Dux, elegido de modo vitalicio, y un elenco de senadores, magistrados, consejeros y censores que normaban las actividades de una de las potencias comerciales y marítimas europeas de los siglos XIV, XV y XVI. El salón donde se reunían los representantes de los gremios es grande como una catedral. En un pequeño salón nos aguarda una anomalía que suspende el relato épico: dos trípticos de Hieronymus Bosch.









Sentado en la terraza de nuestra habitación, veo islas espectrales flotando en el acerado azul turquesa de la Laguna. Al anochecer salimos en busca de uno de los restaurantes recomendados por Sara, y nos adentramos más en la Venecia de los venecianos, solitaria y silenciosa. Durante una hora y media nos perdemos en callejones tenuemente iluminados, plazas confinadas entre edificios vetustos y algunos de los 400 puentes que comunican el archipiélago.



8 de octubre
La Catedral de San Marcos –basílica hasta el siglo XX-, es una aleación de elementos vénetos, es decir, locales, bizantinos, góticos, renacentistas y barrocos: cúpulas de aspecto oriental, columnas variadas, mosaicos dorados que reproducen escenas bíblicas, piso de mármol, esculturas de muy diversa procedencia. Como otros templos europeos, la Catedral pretende cobijar los restos de un santo eminente, en este caso el evangelista; los mosaicos de los portales exponen el hurto de sus restos en Egipto, su llegada a Venecia, su traslado al interior del templo.

Paseamos por el norte de la isla. Comercios con chácharas estandarizadas, algunos curiosos, como ese que exhibe indumentaria “queer” con maniquís de nalgas prominentes. Familias de turistas japoneses colmando góndolas. Turistas de la tercera edad pastoreados por guías con sistemas inalámbricos que mantienen al grupo comunicado, y no necesitan desgañitarse para ser escuchados. Encontramos templos y palacios a los que echamos un vistazo; disfrutamos cediendo a una curiosidad abierta, indefinida. Nos ha tocado en suerte una Venecia con menos visitantes de lo habitual, y sin los malos olores que emanan de los canales en el verano.

El Museo Cívico Correr, instalado en uno de los edificios que rodean la Plaza de San Marcos, complementa el Palacio Ducal pues ofrece pinturas, esculturas y objetos que ilustran el pasado de la república veneciana. Numerosos retratos de los dux y de otros dignatarios, de ceremonias públicas, de batallas famosas –como la de Lepanto-, instrumentos de navegación, mapas y banderas, pinturas de Brueghel, Cranach y la escuela veneciana.

Hay un patrón en las concentraciones turísticas: la pintura o escultura famosísimas, la superstición reciente e intextinguible, la cursilería inventada por los prestadores de servicios. A pesar de que las autoridades han intentado reducirla, entre los turistas que pasean por la Plaza de San Marcos subsiste la costumbre de tomarse fotografías con palomas atraídas por las migajas colocadas en la cabeza o en los hombros. Por supuesto, la plaza está llena de esas aves de rapiña cuyo excremento corroe edificios y estatuas. El día, despejado desde media mañana, nos depara una tarde clara en la que esplenden la Catedral, la torre del reloj y la columna con el león alado, símbolo de la Serenísima República de San Marcos.

Recorremos el Gran Canal en el vaporetto que los turistas compartimos con los resignados venecianos; descendemos cerca del puente de Calatrava, que no añadirá gloria a su nombre, y desde allí emprendemos la búsqueda de nuestra postrera cena veneciana. La pasta que hemos probado, tal vez de manufacuta doméstica, tiene un gusto más fuerte que la de los restaurantes italianos del extranjero, y se sirve en porciones moderadas; la costumbre de comerla con cuchara y tenedor, propia de presuntos gourmets, es ignorada aquí y en toda Italia.




miércoles 16 de septiembre de 2009

PAVESAS



Escribir unas memorias que demuestren lo selectivo de los recuerdos, la inevitable mitificación del mundo perdido, el olvido y las indecisiones del memorioso. En una entrevista dice Antonio Tabucchi: “Todos los lugares privilegiados de nuestros recuerdos, incluso los reales, están reelaborados y mitificados [...] Para comprobarlo, basta con una verificación psicológica de orden práctico: cuántas veces hemos sentido una gran desilusión al visitar años después un lugar que habíamos mitificado en nuestro recuerdo.”
Con Cuauhtémoc, mi pueblo natal, he tenido dos experiencias contradictorias. Primero, la desilusión ante el empequeñecimiento de las casas vistas en la infancia, y luego, en contraste, el descubrimiento del paisaje austera belleza que rodea a la ciudad.

Un elevado número de poetas y escritores utiliza con fruición palabras inusuales, propias o ajenas. Siguen el camino de los simbolistas, que Joyce llevó a sus últimos extremos en Ulises, y sobre todo, en Finnegans wake. En esta novela, concebida como un palimpsesto y destinada al paciente desciframiento de un puñado de lectores fanatizados con su extremista magia verbal, Joyce empleó palabras en varios idiomas, entre ellos el irlandés y el flamenco. “El escritor expresa, no comunica.” Así rezó uno de los puntos del manifiesto que Eugene Jolas y un grupo de colegas escritores y poetas publicaron en 1926. Joyce siguió el principio al pie de la letra en Finegans Wake, la obra literaria famosa menos leída del siglo XX.

“Se precisan cientos de talentos para hacer media docena de genios”, escribe Jacques Barzún en Del Amanecer a la Decadencia, repitiendo así una melancólica verdad reconocida por la mayoría de los escritores y artistas profesionales que son, en primerísimo lugar, buenos lectores, y admiten con éste o aquel matiz la jerarquización postulada por Ezra Pound en uno de sus libros de crítica: en la literatura hay inventores como Homero, Dante, Cervantes y Shakespeare; grandes maestros como Faulkner, Mann, Borges y Neruda, y un número considerable de buenos escritores que usan y a veces mejoran los hallazgos formales y estilísticos de aquéllos; esos hallazgos serán luego industrializados por miles de escritores menores. Por eso la mayoría de las obras habitan en la duración corta y media, entre los cinco y los cincuenta años, y luego desaparecen dejando tenues huellas en las historias literarias y los estudios de los especialistas. Aunque existe un leve consuelo, esa multitud de trabajos condenados al olvido son el humus donde se configuran y crecen las raras obras maestras.

Al principio de Odisea del Espacio, la novela que inspiró el filme de Kubrick, Arthuir C. Clarke escribió: “Tras cada hombre viviente se encuentran treinta fantasmas, pues tal es la proporción numérica con que los muertos superan a los vivos. Desde el alba de los tiempos, aproximadamente cien mil millones de seres humanos han transitado por el planeta tierra. Y es en verdad un número interesante, pues por curiosa coincidencia hay aproximadamente cien mil millones de estrellas en nuestro universo local, la Vía Láctea. Así, por cada hombre que jamás ha vivido, luce una estrella en ese universo.”

Según Karl Popper, una de las mentes más penetrantes del siglo XX, la teoría social de la conspiración es consecuencia de la falta de Dios como punto de referencia, de su condición de irremplazable última ratio. Popper acuña un afortunado neologismo para referirse a los numerosos sujetos que detrás de cada acción o accidente política perciben maquinaciones y complots: conspiranoides.

Recuerdo, en este momento, a un escritor y un escultor. El escritor es el español Enrique Vila-Matas, quien afirma que prefiere leer lo que no entiende; el escultor es el vasco Chillida, quien dice que hacer arte es hacer lo que no sabemos hacer. Muchos matices y circunstancias aparte, leer lo que entendemos fácilmente es reafirmar nuestros prejuicios y hacer lo que sabemos hacer bien es petrificarnos.

La verdad que la literatura no han cesado de pregonar y es ignorada por las legiones de biempensantes construccionistas sociales: el mal anida en la naturaleza humana, se nutre de nuestros instintos, coloniza el inconsciente, refulge solapadamente en muchas de nuestras actitudes, relativiza e interrogan los actos virtuosos.

sábado 29 de agosto de 2009

SÁBADO Y DOMINGO



SÁBADO

El sábado amanece tarde, impregna el pan y el café largo, nos deja entrever la mudanza furtiva de las cosas.
Si nos mirarnos con calma en el espejo, adivinamos la sombra del otro.
Doméstico y solar, el sábado es idéntico al vino escanciado a mediodía, que presiente la noche.
El sábado buscamos lo perdido en la semana.


DOMINGO

El domingo no sabe amanecer ni sabe a dónde ir, no acontece, se desmorona.
El domingo frena las horas, castiga los pecados veniales y marchita las flores del poema.
Los jóvenes alargan el sábado neón hasta las primeras horas del domingo, que disipan en sueños.
Los viejos encallan en el sol incoloro del domingo.
Sólo los niños saben hallar otro domingo en el domingo.

sábado 15 de agosto de 2009

30 AÑOS DESPUÉS (2)



En 1989 Martha y yo, ahora acompañados por Eva y Julio, volvimos a Nicaragua invitados por Álvaro y María Eugenia. En el decenio transcurrido desde la victoria sandinista se había efectuado una reforma agraria parcial y reducido el analfabetismo de un 50% a un 13%, nacionalizado la banca y controlado el mercado exterior, pero respetado la propiedad de la mayoría de las empresas, salvo las expropiadas a Somoza y sus allegados. La Prensa, el influyente periódico opositor, continuaba publicándose, y la contrarrevolución armada respaldada por el gobierno de Reagan desafiaba al nuevo régimen, que en 1984 había elegido como presidente a Daniel Ortega comenzando así un proceso de centralización del poder que debilitó la dirección política colegiada de los primeros años. El entusiasmo de 1980 había sido sustituido por el escepticismo.
En 1990 Violeta Chamorro ganó las elecciones presidenciales dejando en el camino a un perplejo Daniel Ortega. El Frente Sandinistra respetó su compromiso con la democracia aceptando la derrota -originada en la mala situación económica, la prolongada guerra con los contras y el servicio militar obligatorio-, pero dirigentes como Tomás Borge, Humberto Ortega y Daniel Ortega, entre otros, se apropiaron bienes del Estado y de particulares. El bochornoso episodio de corrupción, bautizado con elocuencia como “la piñata”, se quiso justificar como una obra de justicia social destinada a favorecer a miles de personas humildes y a “compensar” a combatientes sandinistas; en los hechos, algunos jefes del FSLN se apropiaron de toda clase de empresas industriales, agrarias y de servicios, así como de bienes artísticos y culturales que “desaparecieron” de templos y museos. La indemnización de los propietarios despojados, a cargo del presupuesto nacional, ascendió a 1,500 millones de dólares.
La derrota electoral, “la piñata” y las conflictos intestinos desprestigiaron al FSLN, y Ortega, impuesto una y otra vez como candidato, volvió a ser derrotado por Arnoldo Alemán en las elecciones presidenciales de 1996 y por Enrique Bolaños en las de 2001. En el apretado resultado electoral de 2001 influyó la denuncia que dos años antes había presentado Zoilamérica Narváez, hijastra de Daniel Ortega; según su estremecedor relato, entre los 11 y los 19 años de edad Ortega la sometió a repetidas violaciones y abusos sexuales. Rosario Murillo, compañera sentimental de Ortega y madre de Zoilamérica, desmintió los delitos, que en 2001 una jueza nicaragüense declaró prescritos. El episodio, que en un país civilizado hubiera significado cárcel y defenestración política del culpable, no impidió que Daniel Ortega, gracias a turbias reformas electorales establecidas con la complicidad del Partido Liberal de Arnoldo Alemán, retornara por fin a la presidencia en 2006 con poco más del 40% de los votos. En esas elecciones el sandinismo, escindido, había presentado dos candidaturas.
Treinta años después del triunfo revolucionario, Nicaragua es el segundo país más pobre de América Latina (el primero es Haití). Su ingreso per cápita anual es africano: unos mil dólares. La pobreza extrema afecta al 48,3% de la población, lo que explica que uno de cada cuatro nicas, alrededor de 1,7 millones, hayan emigrado a Costa Rica y Estados Unidos. El ochenta por ciento de la gente recibe alguna ayuda de los programas gubernamentales, favoreciendo así el clientelismo del FSLN. Para congraciarse con la beligerante Iglesia Católica, Ortega anuló el aborto terapéutico que tenía cien años de vigencia.
Arnoldo Alemán, quien sufría prisión domicilaria por escandalosos actos de corrupción durante su presidencia, recobró su libertad en pago por su complicidad con Ortega. La ambiciosa Rosario Murillo también fue premiada por traicionar a su hija: Ortega se casó con ella por le iglesia y le concedió enormes facultades extralegales; en Nicargua muchos opinan que es Murillo quien realmente ejerce el poder. Nicaragua vive en la opacidad. Ortega jamás ofrece conferencias ni entrevistas a medios nacionales o extranjeros, la prensa vive acosada, y ventilar noticias por Internet es difícil pues el coste del servicio es prohibitivo en el país, que ocupa el puesto 125 de 134 en el avance de las tecnologías de la información. (Costa Rica ocupa el puesto 56). Human Rights ha documentado la persecusión sistemática de los opositores, los medios de comunicación críticos y aun los organismos de la sociedad civil, incluidas las ONG. Luis Suárez Carreño, un cooperante español que fue por primera vez a Nicaragua hace 25 años, opina que la gente vive igual o peor que hace treinta años, pero ahora sin esperanza. Los ideales de 1979 han sido sepultados por un gobierno que se sigue apellidando sandinista, aunque según Dora María Téllez, la antigua Comandante Dos, tiene un solo proyecto: perpetuarse en el poder. Algo semejante opinan distinguidos escritores como Ernesto Cardenal -ex ministro de Cultura-, Sergio Ramírez -ex vicepresidente- y Gioconda Belli. En un entrevista reciente con el periódico El País Ramírez declaró: “Nicaragua se fastidió cuando los viejos guerrilleros se hicieron ricos.” La revolución que acabó con una élite depredadora engendró otra, pero estoy seguro de que el pueblo nicaragüense no ha dicho su última palabra.