4 de octubre
En la madrugada, un anciano que visita Roma por primera vez abandona su cuarto de hotel, camina varias calles y llega a una plazoleta; el inspector Kurt Wallander, que lo ha seguido furtivamente, se pregunta qué busca su padre en aquel rincón de la noche romana. Tal vez, conjeturo yo sin apartar los ojos de la página, el anciano quiere dar forma a un recuerdo estrictamente individual de la ciudad soñada y por fin conocida. Yo también deseo conocer Roma desde hace muchos años, y me alegra entreverla de modo inesperado en “La quinta mujer”, la absorbente novela policiaca del escritor sueco Henning Mankell que alivia mi insomnio durante el vuelo por el Atlántico.

Después de una escala de dos horas en Amsterdam, llegamos a Múnich al atardecer, y una vez que dejamos el equipaje en el departamento, vamos con Eva al Oktoberfest, la feria que hoy se clausura. Los espectaculares juegos mecánicos inundan de luz una plaza en la que circula un gentío; muchos muniqueses llevan atuendos bávaros tradicionales. Imagino con un escalofrío una fiesta mexicana en la que un gran número de deefeños se vistieran de charros y adelitas. Después de buscar un rato, encontramos lugar en la terraza de uno de los salones, donde consumimos lo mismo que todos: grandes tarros de cerveza, salchichas y pollo. Eva nos cuenta que la diversión comienza temprano pero concluye con prudencia a las diez. En busca del WC me abro paso entre la muchedumbre; hombres y mujeres, la mayoría jóvenes, entonan y bailan las melodías pop interpretadas con enjundia por la orquesta, chocan una y otra vez sus tarros, gritan, ríen, se abrazan y prorrumpen en estribillos deportivos cuando termina la melodía, se respira un entusiasmo casi feroz. En una sociedad donde los contactos físicos son reducidos, fiestas como el Oktoberfest desatan las efusividad general, y episodios de violencia aislados. Cuando sobreviene uno en una terraza cercana a la nuestra, una decena de guardias uniformados de negro se desprenden de la oscuridad y someten y expulsan al transgresor en segundos. Al regreso Eva nos detiene frente a un divertido juego mecánico: una banda inclinada que sube velozmente es montada por jovenes empapados de cerveza que después de dos segundos se desploman como pinos de boliche sin sufrir otro daño que la irrisión.

5 de octubre
El otoño recorre el Englischer Garten de Múnich. Cuando lo conocimos en el invierno de 2007 los árboles estaban desnudos; ahora vemos a tres nudistas, dos hombres y una mujer, echados en uno de los prados que circunda el follaje verde salpicado de tonos amarillos y rojizos. El día es soleado y fresco, el suelo está alfombrado de hojas, Martha y yo nos sentimos contagiados por la alacridad de la gente que circula por los senderos de tierra apisonada, a pie o en bicicleta, juega futbol en los prados, contempla el lago. Sucede aquí lo mismo que en otros parques, pero la amplitud y disposición del Englischer Garten imparten una sensación de intimidad con la naturaleza que intensifica el placer de los visitantes. Un perro se lanza a las aguas de un canal, nada contra la corriente, recoge con el hocico una pelota desinflada, sale, se sacude y la entrega a su ama, que lo aguarda recargada en una bicicleta y arroja la pelota de nuevo.

6 de octubre
Eva, Acely, Laura, Martha y yo visitamos el palacio de Nymphenburg. Edificado en las cercanías de Múnich, comenzó a construirse en 1664, poco después que el palacio de Versalles; en 1701 lo amplió el duque de Baviera, Maximiliano Manuel, y años después su hijo Carlos le añadió varios pabellones en los alrededores. Mientras Acely y Laura recorren las habitaciones del palacio, nosotros descubrimos que está cerrado el parque botánico en cuyo exterior hay un maguey de “Méxiko”. Durante una hora exploramos el extenso y lujoso parque cortado en dos por un canal que comunica el palacio con una fuente de mármol dominada por el inexorable Neptuno. Luego, los cinco nos divertimos mucho especulando con los usos de los extravagantes pabellones diseminados en el parque: el Pagodenburg, con motivos orientales, propicio para la intriga diplomática instantánea; el Badenburg, barroco y con un gran baño en el que podían ahogarse los amores peligrosos; el Magdalenenklause, de estilo “ruinoso” y con una sala interior que semeja una gruta, ideal para los arrebatos místicos, y en fin, el Amalienburg, cuya notable decoración rococó en azul y plata enfriaba las pasiones sin extinguirlas. Martha y yo conocemos a Acely desde que era condiscípula de Eva en la preparatoria del Colegio Madrid, y nos alegra verla convertida en una mujer inteligente, sensible y con gran sentido del humor. Comemos con ella y su prima Laura en un restaurante vegetariano.
7 de octubre
Debido a la niebla, el pequeño avión que tomamos en Múnich a las 6.50 de la mañana da vueltas durante media hora antes de aterrizar en el aeropuerto Marco Polo; allí tomamos el vaporetto, que navega envuelto por la bruma. El autobús acuático se detiene en Murano, donde se fabrica el cristal del mismo nombre, en El Lido, donde Gustav von Aschenbach, interpretado por Dirk Bogarde, se enamoró de Tadzio, y por fin, en Venecia. El hotel que consiguió Eva gracias a los buenos oficios de Sara, una amiga veneciana, está frente a la Laguna y a unos pasos del Palacio Ducal. La recargada decoración de nuestra habitación –la pantalla de la televisión está en un marco dorado-, se compensa con la vista de su terraza. Después de tomar un bocadillo caminamos en dirección opuesta a la muchedumbre que colma la ribera de los Esclavonios, la ancha calle que bordea la laguna; quince minutos después nos hemos internado en un dédalo de callejones, plazoletas, puentes y canales con pocos turistas. Las paredes de muchos edificios exhiben los estragos del clima y del tiempo, pero cada rincón posee un rasgo que lo individualiza, una estatua, un mascarón, una fuente, un templo, un palacete –entramos a uno que exhibe instrumentos musicales de la época de Vivaldi, hijo ilustre de la ciudad. Reparo en una de las muchas razones que hacen de Venecia una ciudad impar: el sosiego. Las calles y avenidas de agua le ahorran a sus habitantes el estruendo de las urbes; sólo en las inmediaciones de la Laguna o del Gran Canal se oyen los motores de las embarcaciones, nunca estridentes pues navegan a baja velocidad. Cerca de la plaza Garibaldi topamos con instalaciones de la Bienal de Venecia, pero su oferta, aleatoria por naturaleza, no despierta nuestra curiosidad.


Por los ventanales góticos del Palacio Ducal han pasado siglos de historia política, diplomática y militar. Sede del gobierno veneciano desde el siglo XIII, se engalana con estatuas de Antonio Canova, pinturas de Tintoretto y obras de muchos otros artistas, principalmente del Renacimiento. Las esculturas, los gobelinos, los grandes cuadros que plasman batallas y actos solemnes, los frescos de muros y techos, relatan una epopeya republicana cuyo complejo equilibrio de poderes comprendía al Dogo o Dux, elegido de modo vitalicio, y un elenco de senadores, magistrados, consejeros y censores que normaban las actividades de una de las potencias comerciales y marítimas europeas de los siglos XIV, XV y XVI. El salón donde se reunían los representantes de los gremios es grande como una catedral. En un pequeño salón nos aguarda una anomalía que suspende el relato épico: dos trípticos de Hieronymus Bosch.




Sentado en la terraza de nuestra habitación, veo islas espectrales flotando en el acerado azul turquesa de la Laguna. Al anochecer salimos en busca de uno de los restaurantes recomendados por Sara, y nos adentramos más en la Venecia de los venecianos, solitaria y silenciosa. Durante una hora y media nos perdemos en callejones tenuemente iluminados, plazas confinadas entre edificios vetustos y algunos de los 400 puentes que comunican el archipiélago.

8 de octubre
La Catedral de San Marcos –basílica hasta el siglo XX-, es una aleación de elementos vénetos, es decir, locales, bizantinos, góticos, renacentistas y barrocos: cúpulas de aspecto oriental, columnas variadas, mosaicos dorados que reproducen escenas bíblicas, piso de mármol, esculturas de muy diversa procedencia. Como otros templos europeos, la Catedral pretende cobijar los restos de un santo eminente, en este caso el evangelista; los mosaicos de los portales exponen el hurto de sus restos en Egipto, su llegada a Venecia, su traslado al interior del templo.
Paseamos por el norte de la isla. Comercios con chácharas estandarizadas, algunos curiosos, como ese que exhibe indumentaria “queer” con maniquís de nalgas prominentes. Familias de turistas japoneses colmando góndolas. Turistas de la tercera edad pastoreados por guías con sistemas inalámbricos que mantienen al grupo comunicado, y no necesitan desgañitarse para ser escuchados. Encontramos templos y palacios a los que echamos un vistazo; disfrutamos cediendo a una curiosidad abierta, indefinida. Nos ha tocado en suerte una Venecia con menos visitantes de lo habitual, y sin los malos olores que emanan de los canales en el verano.
El Museo Cívico Correr, instalado en uno de los edificios que rodean la Plaza de San Marcos, complementa el Palacio Ducal pues ofrece pinturas, esculturas y objetos que ilustran el pasado de la república veneciana. Numerosos retratos de los dux y de otros dignatarios, de ceremonias públicas, de batallas famosas –como la de Lepanto-, instrumentos de navegación, mapas y banderas, pinturas de Brueghel, Cranach y la escuela veneciana.
Hay un patrón en las concentraciones turísticas: la pintura o escultura famosísimas, la superstición reciente e intextinguible, la cursilería inventada por los prestadores de servicios. A pesar de que las autoridades han intentado reducirla, entre los turistas que pasean por la Plaza de San Marcos subsiste la costumbre de tomarse fotografías con palomas atraídas por las migajas colocadas en la cabeza o en los hombros. Por supuesto, la plaza está llena de esas aves de rapiña cuyo excremento corroe edificios y estatuas. El día, despejado desde media mañana, nos depara una tarde clara en la que esplenden la Catedral, la torre del reloj y la columna con el león alado, símbolo de la Serenísima República de San Marcos.
Recorremos el Gran Canal en el vaporetto que los turistas compartimos con los resignados venecianos; descendemos cerca del puente de Calatrava, que no añadirá gloria a su nombre, y desde allí emprendemos la búsqueda de nuestra postrera cena veneciana. La pasta que hemos probado, tal vez de manufacuta doméstica, tiene un gusto más fuerte que la de los restaurantes italianos del extranjero, y se sirve en porciones moderadas; la costumbre de comerla con cuchara y tenedor, propia de presuntos gourmets, es ignorada aquí y en toda Italia.
